Sobre el retrato.
Quizá hemos estado desenfocando demasiado
Hace unos días vi un video corto sobre retrato japonés y una idea se me quedó metida en la cabeza: en muchas de esas imágenes, la persona no estaba separada del mundo. No era solo una cara, una mirada o una expresión. Era también el lugar donde estaba parada, la ropa que llevaba, el clima y la arquitectura.
En nuestra visión occidental, la mayoría de veces buscamos que el sujeto resalte de su entorno, con énfasis en la mirada, los gestos, la piel, la profundidad y la honestidad. Y no digo que eso esté mal. De hecho, muchas de las fotografías que más me gustan funcionan así. Hay retratos occidentales donde todo desaparece para que solo quede una cara frente a nosotros. En cierta forma buscamos quitar el mundo para ver qué queda de una persona y quizá por eso esa obsesión por el desenfoque de los objetivos luminosos en YouTube y TikTok.
Pero viendo esas imágenes japonesas pensé en otra posibilidad.
¿Qué pasa si, en lugar de quitar el mundo, lo dejamos entrar? ¿Y si una persona no se entiende solo por su rostro, sino también por la forma en que se relaciona con su mundo?
Me gusta pensar en esto porque cambia la forma en que uno mira y hace un retrato. Ya no se trata solo de si la luz está bien puesta o si el fondo está suficientemente desenfocado. También se trata de preguntarse qué información estamos dejando fuera. El entorno no siempre distrae, a veces sostiene y le da la profundidad y fuerza que necesita.
Quizá un buen retrato no siempre es el que logra separar mejor a una persona de su mundo, sino el que entiende qué parte de ese mundo también necesita aparecer.












