Latinoamérica habla | Sergio Larraín - Chile
Admirar una foto y al mismo tiempo incomodarse de estar admirándola
Durante mucho tiempo, la historia de la fotografía nos ha enseñado a mirar desde Europa y Norteamérica. En esta primera temporada de Latinoamérica habla, quiero detenerme en siete artistas latinoamericanos que no miran el mundo desde afuera, sino desde sus propios territorios, contradicciones, heridas y formas de vida.
Hay algo en las fotos de niños que hizo Sergio Larraín que todavía no logro mirar con comodidad.
En su serie Los abandonados en Santiago, Fotografió niños abandonados en su ciudad, durmiendo en la calle, jugando, sobreviviendo como podían en una ciudad que claramente no tenía lugar pensado para ellos, y cada vez que vuelvo a esas imágenes me pasa lo mismo: admiro la foto y al mismo tiempo me incomoda estar admirándola. Porque son grandes fotografías, están hechas con un ojo que pocos tienen, pero también son el registro de una infancia rota, y esas dos cosas conviven ahí sin resolverse nunca del todo.
Hay un tipo de foto sobre la pobreza que me genera desconfianza, esa donde la persona deja de importar y lo que importa es la escena, la textura de la ropa rota, la cara sucia, el golpe visual que va a funcionar bien en una muestra. Puede estar perfectamente compuesta y aun así ser, en el fondo, una forma elegante de crueldad. Con Larraín me pasa otra cosa. Sus fotos no parecen estar cazando miseria fotogénica. Hay abandono, hay suciedad, hay una ciudad dura alrededor, pero también hay vida: los niños corren, juegan, se esconden, miran a cámara, inventan un mundo propio dentro de lo poco que tienen. Y ahí es donde todo se vuelve más difícil de sostener, porque uno entiende que esos chicos no estaban representando una tragedia para que alguien los fotografiara, estaban viviendo adentro de ella, y la cámara de Larraín, al menos en las imágenes que más me interesan, no los aplasta bajo esa condición.
Siempre pensé que una de las cosas más difíciles de fotografiar es el dolor ajeno, porque la cámara llega con ventaja: uno se acerca, encuadra, dispara y después se va, mientras que la persona fotografiada se queda con su vida encima, con todo lo que la foto apenas alcanzó a mostrar. Por eso me parecen importantes estas imágenes de Larraín. Ninguna foto resuelve ese problema, pero algunas te obligan a mirarlo con más cuidado, y estas son de esas. No te dejan cómodo, no te permiten quedarte solamente en el “qué buena composición” o “qué gran fotógrafo”, porque hay algo ahí que te recuerda que la belleza aparece en cualquier lugar.






