Cuatro años detrás de una puerta blanca
El retrato no empieza cuando se dispara.
Hace cuatro años decidí montar el estudio fotográfico con muchas más dudas que certezas. No sabía bien cómo funcionaría el motor de ventas, ni si los flujos de trabajo serían sostenibles, ni si realmente tenía la disciplina para convertir algo tan íntimo como el retrato en un negocio. En el fondo, no estaba seguro de si estaba construyendo un proyecto o simplemente buscándome detrás de una cámara.
Hoy, después de muchas sesiones, puedo decir que ha sido un viaje profundamente feliz. No sé cuánto más durará esta etapa, pero sí sé que me volvió más consciente de la intencionalidad del retrato. Me obligó a entender que una sesión de estudio no empieza cuando disparo, sino cuando escucho.
Al principio probé de todo. Embarazo, pareja, bebés, familias, sets estacionales. No quería limitarme demasiado rápido porque intuía que antes tenía que equivocarme lo suficiente como para entender dónde estaba realmente cómodo. Y lo descubrí casi sin querer: no soy fotógrafo de grupos grandes o celebraciones especiales, me abruman, me drenan. Donde me siento en casa es en el uno a uno, en la conversación larga, en ese espacio en silencio. Entendí que mi fortaleza no estaba en la producción sino en la escucha.
Con el tiempo también noté algo curioso. Conecto mejor con personas mayores de treinta. No es una regla absoluta, pero suele suceder. Tal vez porque llegan con más historia, con cicatrices menos disimuladas y con una claridad distinta. Muchas de ellas no buscan fotos para validación externa sino para explorar algo interno. Y cuando la intención es esa, la sesión cambia por completo.
La mayoría de quienes han pasado por el estudio traían un propósito que a veces ni ellos mismos sabían nombrar. Mi trabajo era encontrarlo, y para eso hacía falta tiempo. Escuchar de verdad, compartir algo propio cuando era necesario y, sobre todo, observar cómo reaccionaban frente a las imágenes que iban apareciendo en pantalla. Aprendí a incluir fotografías que no son “instagramables”, imágenes que probablemente nunca publicarán, pero que guardarán porque dentro de unos años les recordarán exactamente cómo se sentían en ese momento de su vida. He visto cómo los nervios desaparecen cuando dejan de pensar en publicar y empiezan a contemplarse.
La música fue una aliada inesperada. Establecí una regla sencilla: quien está en la silla decide qué escuchamos. Sin importar mis gustos. Hemos pasado de música nórdica épica al reguetón más sucio en cuestión de minutos y nunca fue un problema. Al contrario, descubrí que escuchar su propia música les da un punto de apoyo en un entorno que puede resultar intimidante. Más de una vez terminamos bailando, riendo, soltando rigidez, y en ese instante en el que se olvidan de la cámara es cuando ocurre algo verdadero.
También aprendí que mientras más simple el entorno, más profundo el resultado. Al principio invertí en demasiadas cosas: fondos distintos, difusores de todo tipo, decoración, objetos que prometían personalidad. Con el tiempo vendí mucho de eso o simplemente dejó de usarse. Mientras más afinaba mi estilo y entendía a quién quería fotografiar, más claro se volvió que la simplicidad me daba libertad. El color nunca ha sido mi predilección, siento que distrae de lo esencial. En el blanco y negro encontré una forma más silenciosa de hablar, de quitar ruido y quedarme con gesto, textura y mirada. Hoy el estudio se reduce a dos fondos, dos flashes, un 50mm y un 85mm. No necesito más.
Pero hacerlo personal también es desgastante. Conectar de verdad implica cargar historias que a veces se parecen demasiado a las propias. Hay sesiones que tocan temas difíciles y no siempre es sencillo salir de ahí con ligereza. Más de una vez regresé a casa saturado, con la cabeza llena de relatos ajenos mezclándose con los míos, queriendo desconectarme incluso de quienes más quiero. Sostener la vulnerabilidad de otros tiene un costo emocional del que casi no se habla.
Y luego está el otro lado, el menos romántico. Encontrar el tipo de sesiones que disfruto no significa que por sí solas sostengan el negocio. No puedo ignorar la estrategia comercial ni el volumen necesario para que el estudio sea viable. El equilibrio entre lo que me apasiona y lo que mantiene el proyecto a flote sigue siendo una tensión constante. Aún estoy aprendiendo a no convertirme en una máquina de producción sin dejar de ser responsable con la estructura que sostiene todo.
¿Qué se viene ahora? No lo sé con certeza. He pensado en cerrar esta etapa más de una vez y enfocar mi energía en otros proyectos, pero entonces aparece una sesión especial, una conversación que se siente necesaria, un retrato que captura algo honesto, y recuerdo por qué empecé. Por ahora alguien me ayuda con las sesiones que generan volumen mientras yo selecciono aquellas en las que quiero involucrarme por completo y me enfoco en otros giros del negocio. No sé cuánto durará este modelo ni si es transición o estabilidad.
Lo único que tengo claro es que mientras el estudio siga siendo un espacio donde alguien pueda mirarse sin máscaras, quiero seguir abriendo esa puerta. No sé cuánto tiempo más estará ahí. Pero mientras exista, quiero vivirlo feliz y con intención.







