Conexión.
Una fotografía que tardé años en entender.
Estaba buscando algo en mi archivo cuando me topé con esta fotografía. Llevaba años sin verla, pero en cuanto la abrí recordé exactamente el día en que la tomé.
Ese día llegó una pareja a una sesión de recién nacido. La mamá traía a la bebé en brazos, ansiosa por mostrarle al mundo la belleza de su hija y la felicidad de esos primeros días. Durante toda la sesión ella sonreía, la acomodaba, buscaba el ángulo perfecto. El papá, en cambio, apenas sonrió.
No fue porque no estuviera feliz. En algún momento, entre toma y toma, me contó algo de su historia — lo suficiente para entender que ser padre le había pegado de una forma distinta, más honda de lo que suele capturar una cámara pidiendo una sonrisa. Sentí que ahí había otra fotografía por hacer, una que no tenía que ver con mostrarle nada a nadie.
Le pedí a la mamá unos minutos. Ella accedió, y me quedé solo con él y la bebé. No le pedí que sonriera. Solo le pedí que la sostuviera como quisiera, y disparé cuando la besó en la cabeza.
Volver a ver esa foto, años después, me golpeó de una forma que no esperaba. Hoy tengo 40 años y hace poco llegó mi propia hija. Desde que nació no dejo de pensar en esa conexión, y en la historia que me contó aquel padre. En lo que significa que ella crezca sabiendo que hay una figura masculina presente, sosteniéndola así, y en cómo eso va a marcar para siempre la forma en que entienda el mundo y se relacione con él.
No sé si esa fotografía significó para ese papá lo que significó para mí al volver a verla. Espero que sí. Pero supongo que, de alguna forma, ya cumplió su propósito solo con haberme golpeado a mí, años después, justo cuando más lo necesitaba.


